lunes, 3 de noviembre de 2014

Siete

Una vez de vuelta en su habitación, la indignación por el trato sufrido se mantenía pero la rabia se había disipado. Lanzó  con desprecio la carpeta con los papeles sobre la cama sin ningún cuidado. A medio camino la carpeta se abrió y vertió los papeles dejando un reguero hasta chocar con la cama. Se quitó el abrigo y lo dejó sin cuidado alguno en el perchero. El bastón lo apoyó sin mirar en la pared y se deslizó hasta chocar con el suelo. La chistera simplemente apareció en el suelo.

  Alfred se sentó en la cama y miró al frente. "Malditos chupatintas y mentecatos. Malditos viejos desfasados y desgraciados. No han prestado atención a nada de lo que les he contado y solo me han preguntado si había encontrado pruebas materiales."; La indignación se dibujaba en su rostro. Los guantes eran más un gurruño de tela retorcida y arrugada entre sus manos. "¿Entonces para que narices me he gastado un pastón en un neuromental? Para documentar todo pormenorizadamente. Pero no, ellos quieren algo que se pueda tocar. ¡Maldita sea!" Bajo la vista y mirando al suelo se acordó de la cajita bajo la cama. Dejó los guantes a un lado, se tumbó en el suelo y tomó con las dos manos la cajita. La volvió a mirar… "!Qué diantres! ¿por qué no?". Se levantó, dejó la cajita sobre la cama y fue hacia su maletín. Allí extrajo sus herramientas, un Wolfímetro y unos guantes Goltzmann, volvió a la cama sentándose en el suelo y dejó todo al lado de la cajita. Primero activó el Wolfímetro y lo paso por todas las caras de la cajita. La máquina soltaba chasquidos, zumbidos pero en la pantalla no registraba la presencia de ningún campo eléctrico ni magnético. Eso extrañó a Albert ya que el material y el diseño de la misma daba a entender todo lo contrario. Después se puso los guantes y los activó. Ahora los movimientos eran más fluidos y precisos, en la punta de los dedos fue insertando distintas herramientas y cuando se consideró preparado, empezó a revisar la cerradura. Introdujo dos sondas, una de ellas magnética y tras unos minutos escuchó un “clic” muy tenue. Sabía que esa era una de las varias trampas insertadas. Esperó unos segundos y al ver que no pasaba nada, prosiguió. Tras varias horas, un par de descansos, y tres accesorios de los guantes rotos, escuchó como la cerradura se abría. Se le podía ver nervioso, un poco ansioso pero sobretodo inquieto, pero la decisión ya había sido tomada y llevada a cabo. Estaba seguro que había conseguido eliminar todas las trampas, así que se quitó los guantes y con mucho cuidado empezó a abrir la tapa de la cajita. En el interior, tras abrir la tapa se activaron dos pequeñas luces y vio que el interior de la caja estaba forrado de terciopelo negro y que contenía dos objetos: una punta de silex y un anillo de oro. Al levantar la vista, en la parte interna de la tapa había un papel apergaminado con el sello y ponía con letra estilizada: Alfred. Un pico en la pantalla del Wolfímetro se dibujó durante unos segundos mientras Alfred se quedaba mirando el papel y se extinguió con la misma rapidez con la que apareció.

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sábado, 1 de noviembre de 2014

Dos

Tomada de http://speckyboy.com/2013/01/20/steampunk-artwork/ y puesta sin permiso expreso.
 Todos los derechos de la imagen son del autor.


   La llegada al Heliopuerto de Lurk fue un poco aparatosa por el tiempo pero sin ningún problema. Tomó su maleta de mano, su bastón, su sombrero y salió a la terminal de llegadas. No esperaba que nadie fuese a buscarle porque no avisó de su llegada, así que al ver un joven sosteniendo un cartel con su nombre le extrañó y le hizo recelar, parándose unos segundos y obligando a que le esquivasen los pasajeros que iban detrás de el. Miró al sujeto. El joven no parecía percatarse de su presencia pues seguía mirando distraídamente a los grupos de personas que salían por la puerta bautizada con el nombre de "Llegadas". Alfred arqueó una ceja y con una media sonrisa decidió a acercarse al joven.  En el momento que se apartó del flujo principal de personas, el muchacho con el cartel y vestido de chófer le miró directamente y sin titubear a la cara. Quedaba claro que ya lo había reconocido. Antes de que Alfred se pudiese presentar, el joven extendió el brazo, tomó el maletín cuadrado de cuero de yak y se dirigió a la salida. Alfred tampoco quiso hacer ninguna pregunta porque empezaba a intuir que ese "chico" tenía algo peculiar que seguro no le iba a gustar y le siguió a lo largo de la descomunal y eterna estancia que era la Terminar Cuatro del Heliopuerto. 

   Ya cuando salieron a la calle, a un frío día y con la peligrosa presencia de nubes negras, el chico se dirigió a un Alfa Romeo Pescara del 35, un coche negro de cristales tintados, carrocería elegante aunque modificado para llevar más asientos que el de piloto y copiloto y le invitó a entrar en la parte de atrás. Alfred miró en su interior antes de entrar y al ver que no le esperaba nadie, se acomodó en el centro del asiento. Dejó el bastón en el suelo del mismo y el sombrero a su derecha. El chico se sentó en el asiento del conductor y tras un leve chasquido, el vehículo arrancó con el típico zumbido. Al poco de iniciar la marcha, el chófer tocó un botón en un panel que Alfred atisbó en el salpicadero y un cristal negro se elevó para aislar las dos partes del vehículo y, en ese momento, empezó a plantearse si había tomado al decisión correcta. Casi leyéndole el pensamiento, una pantalla de un monitor disimulada en la parte central del panel inferior de madera se iluminó  acompañado de un zumbido y tras la aparición y ensanchamiento de un punto de luz, pudo ver el rostro de un hombre de edad indefinida, con bigote largo, fino y bien cuidado que le miraba de forma curiosa. Una voz inundó el habitáculo del coche. 
--Buenas tardes tenga señor. Es de agradecer que haya aceptado nuestra invitación y de igual manera, le agradecemos que no haya hecho esperar demasiado a nuestro memo.--Al nombrar al memo, la cabeza se inclina hacia la izquierda y hacia atrás como señalando al conductor. --Esperamos que haya tenido un viaje agradable pero  nos disgusta que no haya querido informar de su visita.-- El hombre deja de hablar y cuando Alfred, tras reponerse de la impresión inicial, intenta esbozar una disculpa, éste prosigue. 
--La cuestión es que queríamos hacerle ver que, mientras esté nuestro contrato en vigor, siempre sabremos dónde está. Es la mejor forma de asegurarnos que nuestro negocio llegue a buen puerto. El memo le lleva ahora mismo a su hotel. Reconocemos que nos ha costado mucho encontrarlo, ha sido un detalle el que haya tenido mucho cuidado en la elección. Es interesante. --Hace una pausa, se atusa el bigote y prosigue.           --Esperamos verle mañana en la sede para poder comentar algunos detalles. Tenga buena tarde. 

  La imagen desaparece convirtiéndose en una línea gruesa de luz y posteriormente en un punto que se mantiene en el centro de la pantalla hasta que el zumbido de estática desaparece, desapareciendo con el.

  Alfred simplemente sonríe.

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Uno

Alfred estaba mirando por el ventanal mientras dejaba volar su imaginación. 

Imagen de Aeroscraft.com tomada y reproducida sin permiso expreso.


  Las ideas revoloteaban en su mente como mariposas pero le llevaban siempre al mismo punto y éste era cómo se había metido en este embrollo.
  Hacía tres meses se encontraba leyendo el Enderman Times y en la sección de Trabajo había un anuncio que le llamó poderosamente la atención. En ese anuncio se pedía gente con integridad física y curiosidad. Estaba sin blanca y necesitaba dinero, el anuncio daba una dirección y poco más. Curiosamente el salón de té donde se encontraba, estaba cerca de la dirección dada.

  Un parpadeo y Alfred volvía a ser consciente de su localización actual. Era el Aranda, un aeroglobo en tránsito en la línea regular Enderman-Lurk. Estaba en el salón de recreo y frente al ventanal de estribor. La visión ahora no era la mejor porque estaban atravesando un banco de nubes y había disminuido la luz. Se estaban formado gotitas de agua en el exterior.

  Otro parpadeo y ahora se veía delante de las puertas de un templo, unas puertas muy viejas de madera y el desierto parecía que lo había respetado. En ellas se podían ver unos grabados de árboles, plantas, lagos y animales, y encima de todo una nube de la que caían rayos. La imagen le parecía anacrónica, más bien estrambótica porque no reconocía todos los animales que estaban allí representados. La puerta parecía sólidamente cerrada. 
  Al lado de la entrada a la mastaba estaban los camellos en los que habían llegado sus ayudantes y el.  En uno de ellos se encontraba un pequeño cofre que le había llegado junto con las últimas indicaciones.

  Un rayo de luz le sacó de su ensimismamiento. Ya no estaban en el banco de nubes y la aeronave se estaba acercando al aeropuerto de Lurk. Estaba llegando a su destino y tenía que volver a su asiento...

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