martes, 28 de octubre de 2014

Tres

 La habitación que había reservado era tal como quería: anodina, pequeña, austera y escondida. Ahora, sabiendo que el Triunvirato le había localizado, no tenía mucho sentido pero aún así decidió quedarse.
 
  Era un rectángulo de ocho metros cuadrados donde se encontraba una cama con un jergón de lana, una almohada casi tan dura y alta como una tablilla de madera y una manta marrón de lana pulcramente doblada encima del colchón que, por supuesto, no tenía sábana alguna. Una ventana estrecha y pequeña, cubierta con una contraventana doble de madera oscura y unas cortinas de lana fina tejidas formando cuadrados, resaltaban en una pared revestida de papel marrón con motivos florales, que llegaba a un techo de madera marrón oscurecida y en el centro del mismo, una bombilla desnuda daba una luz amarillenta y tilitante. No había armario alguno sino un perchero de pide de madera barnizada con tres brazos, uno de ellos roto, y al lado de la cama, una palangana.
  El olor a rancio, almizcle y tabaco viejo se mezclaba para así enmarcar esa trémula y oscura panorámica que se le presentaba a Alfred tras la puerta numero 314.

  Entró quitándose abrigo,  la chaqueta y el gorro y dejándolos en el perchero, sin hacer caso omiso al gorro caído gracias al brazo roto. El maletín de piel de yak se quedó a la izquierda de la puerta, apoyado contra la pared descuidadamente y se sentó en la cama. "No se por qué sigo con este juego, si al final siempre termina igual" pensaba Alfred mientras sacaba una pipa del bolsillo del pantalón y buscaba la cajita de tabaco aromático para prepararse una pipa tranquilamente. Se dio cuenta que no había cenicero a mano… aunque la palangana le podía servir.

  El humo de la pipa subía pesadamente, como si fuese capaz de imitar el perezoso ambiente que se había asentado en la habitación 314. Alfred miraba la vacío sin ver, estaba completamente ensimismado en sus pensamientos cuando jugueteando con los zapatos que había dejado al lado de la cama, uno de ellos se introdujo debajo. La desaparición de uno de sus “juguetes” hizo que volviese a la realidad y decidió recuperarlo echándose al suelo y tanteando bajo la cama con el brazo. Tardó unos minutos encontrar algo con la punta de sus dedos, lo cogió y  sacó de debajo de la cama. A la luz mortecina de la lejana bombilla el objeto que había sacado no tenía pinta de zapato sino más bien parecía un pequeño cubo de metal de diez centímetros. Era bastante pesado para su tamaño y tenía un sello en la parte superior, un círculo que encerraba a una silueta de una antorcha cruzada sobre una pala. Por los rebordes que presentaba y por su aspecto, el cubo parecía una cajita de seguridad fabricada de acero negro y tenía refuerzos de hierro forjado remachado con aluminio, la cerradura en una de sus caras era pequeña, no mas de tres centímetros, parecía altamente intrincada y creada por un cerrajero-artesano muy habilidoso.

  La pregunta que se estaba formando en los labios de Alfred se difuminó al recordar dónde había visto antes una caja como esa. La soltó rápidamente y se dirigió a trompicones hacia su cartera.

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