viernes, 31 de octubre de 2014

Seis

Era ya medio día en Aveniue Park End y en las calles se veía la agitación que tiene todo centro financiero de una ciudad importante, llenas de personas que van de un lado a otro sin mirar al de al lado, coches circulando por las negras carreteras y los carros de electrocaballos moviéndose por los carriles asignados para evitar problemas. Todas las tiendas abiertas y los chiquillos vociferando los titulares de los últimos periódicos que les quedan. El aire estaba lleno de zumbidos generados por el intenso tráfico y el ruido metálico de los cascos de los electrocaballos al moverse. Un policía intentaba regular el tráfico en una intersección mientras que la gente se iba agolpando en el borde de la acera para cruzar al otro lado.

  Alfred salió del número 2 de Aveniue Park End con una mueca de preocupación en el rostro. No fue consciente de que el memo le abrió la puerta de salida y después llamó a un carruaje. Ni siquiera se dio cuenta de que había subido al mismo y que había dado la dirección del hotel al cochero. En la reunión expuso las conclusiones de sus últimas investigaciones sobre los Kuluk’Ipe al Consejo y les detalló el informe que había realizado. Gracias a la hipnocaptura y al neuromental que fue con el, pudo presentar imágenes del lugar y datos muy pormenorizados, computados y analizados in situ, que apoyaban en gran medida su hipótesis, pero esos cascarrabias anclados en el pasado lo único que hacían era mirar adustamente, atusarse los bigotes y menear la cabeza negativamente. ¡Si ni siquiera se habían dignado a revisar el informe que había en la mesa!, ¡¡ni el resumen!!. La siguiente pregunta que le vino a la cabeza la desechó por absurda y en ese momento salió de su ensimismamiento. Se vio en el interior de un carruaje tirado por electrocaballos, dentro de una cabina estrecha pero para dos personas, con una altura considerable desde el suelo del mismo hasta el techo, portezuelas a ambos lados con ventanas cubiertas por sendas cortinillas de algodón fino de color ocre, la tapicería del mismo color sin adorno alguno, los asientos con un mínimo de cojín de forma que se notaba la dureza de la madera con el que se había hecho y el olor a rancio del interior. En frente de él había un ventanuco cerrado, ventanuco por donde podía comunicarse con el cochero. Se incorporó y golpeó con los nudillos. El carro iba rápido y el balanceo del mismo le hacía pensar que estaba más bien en una tormenta en alta mar en vez de en tierra firme. La portezuela se deslizó dejando entrar la luz y el ruido de la calle, así como la pregunta del cochero hecha con un tono correcto pero cansino. Alfred pidió que le recordasen el destino dado y tras confirmar que era su hotel, se apartó del hueco y se sentó. Retiró la cortinilla un poco, solo dos dedos, lo suficiente como para echar una mirada furtiva afuera y volvió a sus ensimismamientos.

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